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Programación
Inventar Bogotá: los habitantes de la ciudad
Este capítulo fue dedicado a los habitantes de la ciudad; buscó que los bogotanos participaran en la programación de Bogotá Capital Mundial del Libro, quienes contribuyeron al enriquecimiento cultural de esta celebración y propusieron nuevas formas de abordar la ciudad. Carnaval de niños y niñas Cartas de la persistencia: Cuéntenos su victoria cotidiana y personal Talleres de crónicas barriales: Para escribir con los cinco sentidos Bogotá por Bogotá: una convocatoria para escritores y no escritores La ciudad jamás contada Vasos comunicantes laboratorio de relatos urbanos ¿cómo vive usted su ciudad? Feria de Guadalajara La fiesta del libro y la cultura en Medellín Concurso de vitrinas navideñas Cámara de Comercio |
Talleres de crónicas barriales: Para escribir con los cinco sentidos
Talleres de Crónicas Barriales I
CUARENTA MICROCOSMOS BOGOTANOS Cincuenta crónicas son el resultado de la primera fase de los Talleres de Crónicas Barriales organizados por la Universidad Javeriana, la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, el Archivo de Bogotá y la Secretaria Distrital de Cultura, Reacreación y Deporte, en el marco de Bogotá Capital Mundial del Libro 2007. En estas piezas periodísticas los jóvenes participantes narraron, con largo o breve, pero siempre inspirado aliento, lo que pasa en sus vecindarios, en los parques, en los templos, en los puentes. En sus “parches”. Microcosmos que exploraron desde personalísimos y desprejuiciados puntos de vista, o desde las voces de sus personajes, casi siempre anónimos y poco trajinados en los medios de comunicación. Por allí pasan “El patrón”, que en su patio de “máximo confort” de La Picota sigue en su ley; los reyes del volante, que ejercen su dominio en un parqueadero de buses, epicentro económico del barrio Sucre; los “midas” bogotanos, con su reino de joyerías en la calle sexta, que le venden el “alma” del oro al diablo; el enfermo de sida que abandonó su condición de oveja negra y asumió la de pastor en un templo de Sanandresito; el agente de inteligencia infiltrado en El Cartucho que recuerda su hazaña; los niños de Altos de Cazucá que distraen el hambre tomando fotos; los muchachos de Egipto que prefirieron las rimas del rap a las balas; el librero de viejo que filosofa en su rincón bohemio de La Soledad; los bicitaxistas que pedalean la subsistencia en contravía de la ley; las rebuscadoras de la rumba con tarifas estratificadas; los vecinos y comerciantes de la calle 46 Sur que se resisten al cambio de nomenclatura y acogen la multiculturalidad capitalina. No faltaron la loca (Estela, la de la estación de Policía de Suba), el loco de la patineta del barrio Primavera; el “ñero” que perdió a Angie Cepeda, su perra consentida; el recolector de basuras en turno de la noche que el cronista sigue como su sombra; Pedro Medina, el compositor del himno de Bogotá, que a sus 90 años sigue componiendo; la indígena del barrio Ricaurte que fue modelo del maestro Grau; la anciana bailarina que ha hecho escuela de ballet clásico en el sur; madre e hijas de un metro escaso de estatura que engrandecen el barrio de Modelia; dos vendedoras ambulantes, madre e hija, que compiten mortalmente por la clientela en la misma cuadra; los empacadores de un gran supermercado que también se disputan a la mejor clientela y hasta los gallos que se enfrentan sin saber por qué, y mueren en la arremetida de sus picos para desgracia de los galleros del Alfonso López. Sin contar las consabidas historias del conflicto armado, estos jóvenes retratan la violencia, sutil o brutal, que tensiona la vida cotidiana de la gente común y silvestre. Pequeños o grandes dramas que no dan para titulares, pero conmocionan a los seres queridos: el chico guapo del barrio que se volvió vicioso, al que buscan desesperadamente sus familiares y amigos de El Bosque; o los cinco “ñeros” que vivían bajo el puente de la carrera séptima con 39 y una noche torrencial del último diciembre murieron ahogados sin que el hecho clasificara para noticia. En su labor de historiadores de la vida cotidiana, los aprendices de cronistas recuperaron la memoria de tradiciones y oficios, como los habituales partidos de fútbol en canchas de barrio, que sirven de solaz a los obreros, o la antigua práctica del sobandero. Y, paradójicamente, algunos expresaron en tonos nostálgicos la pérdida de la fisonomía de sus barrios de infancia, transformados por el paso del progreso. Con el pretexto de un asesinato que ocurrió en una panadería, un joven de La Uribe, novelista inédito, narra cómo también se fue muriendo el barrio. Y una chica cuenta cómo los perjudicó el cierre del viejo puente que comunicaba su barrio San Antonio con la calle 182. Un atajo de la Bogotá rural que se perdió. Herederos del gran cronista santafereño del siglo XIX, Cordovés Moure, hicieron sus “reminiscencias” de Bogotá, menos santa en este siglo XXI, pero con raras devociones, como la del templo de Santa Marta y mucha fe en esos párrocos que cumplen su apostolado, como el padre Mario, del barrio Girardot, que hace rifas entre los feligreses y paseos a Villeta con los niños. Y aunque la mayoría de historias tienen como escenario barrios populosos del sur de la ciudad, en algunos relatos se visibiliza la vida en los barrios más exclusivos, como Rosales o Nogales. Una caminata ecológica por el sendero de la quebrada La Vieja, o las entrañas de un flamante edificio de El Nogal donde las anécdotas e infidencias del personal de servicio demuestran otras posibilidades del género de la crónica. En fin, jóvenes cronistas de la mayoría de localidades de Bogotá, trazan el mapa de sus afectos, intereses y preocupaciones de jóvenes de mundos diferentes, pero con la misma sensibilidad y el mismo interés por escribir historias reales. Porque durante seis sesiones, en seis bibliotecas públicas de la ciudad y bajo la orientación de seis talleristas —también jóvenes periodistas de medios impresos—,120 asistentes de diferente procedencia, de colegios y universidades públicas y privadas, o sin escolarización, vivieron esta experiencia y conocieron la dinámica de los consejos de redacción donde se arman y desarman las historias. Compartieron lecturas y escucharon a maestros de la crónica en la Biblioteca Luis Ángel Arango. En esos talleres, 50 de ellos encontraron su tema y adquirieron las herramientas para escribir las crónicas y concluir su proceso de formación.
LA 46 SUR, MÁS ALLÁ DE UNA NOMENCLATURA
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