Bogotá Capital Mundial del Libro 2007
  Secretaría de Cultura - Bogotá Positiva - Samuel Moreno

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Programación
Inventar Bogotá: los habitantes de la ciudad



  Talleres de crónicas barriales: Para escribir con los cinco sentidos


Los Talleres de crónicas barriales pretendieron descubrir con otros ojos las calles que se suelen  recorrer, los lugares de encuentro y los personajes que de tan conocidos ya hacen parte del paisaje cotidiano, una cartografía de Bogotá desde sus cuatro puntos cardinales. Para ello la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte y el Archivo de Bogotá, organizaron talleres para jóvenes en diferentes localidades de la capital para que muchos muchachos aprendieran a contar la historia de su barrio en este año de Bogotá Capital Mundial del Libro.

De los jóvenes, entre los dieciséis y los veintitrés años, que fueron seleccionados en las dos convocatorias, más de cien concluyeron el proceso de capacitación en las técnicas básicas de la investigación y del lenguaje periodístico, y entregaron su crónica de largo, mediano, pero siempre inspirado aliento. En los libros editados por el Archivo de Bogotá se recogen los microcosmos que exploraron desde personalísimos y desprejuiciados puntos de vista, o desde las voces de sus per-
sonajes, casi siempre anónimos y poco trajinados en los medios de comunicación.

La mayoría de los seleccionados son estudiantes de universidades públicas de Bogotá y cursan carreras humanísticas y técnicas, pero también hay de universidades privadas y de colegios distritales, y algunos se ganan la vida en oficios varios, pero en sus ratos libres escriben novelas prometedoras.

Esta convocatoria forma parte del proyecto Crónicas barriales en el marco de Bogotá Capital Mundial del Libro 2007.




 


Talleres de Crónicas Barriales I

CUARENTA MICROCOSMOS BOGOTANOS

Cincuenta crónicas son el resultado de la primera fase de los Talleres de Crónicas Barriales organizados por la Universidad Javeriana, la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, el Archivo de Bogotá y la Secretaria Distrital de Cultura, Reacreación y Deporte, en el marco de Bogotá Capital Mundial del Libro 2007.

En estas piezas periodísticas los jóvenes participantes narraron, con largo o breve, pero siempre inspirado aliento, lo que pasa en sus vecindarios, en los parques, en los templos, en los puentes. En sus “parches”. Microcosmos que exploraron desde personalísimos y desprejuiciados puntos de vista, o desde las voces de sus personajes, casi siempre anónimos y poco trajinados en los medios de comunicación.

Por allí pasan “El patrón”, que en su patio de “máximo confort” de La Picota sigue en su ley; los reyes del volante, que ejercen su dominio en un parqueadero de buses, epicentro económico del barrio Sucre; los “midas” bogotanos, con su reino de joyerías en la calle sexta, que le venden el “alma” del oro al diablo; el enfermo de sida que abandonó su condición de oveja negra y asumió la de pastor en un templo de Sanandresito; el agente de inteligencia infiltrado en El Cartucho que recuerda su hazaña; los niños de Altos de Cazucá que distraen el hambre tomando fotos; los muchachos de Egipto que prefirieron las rimas del rap a las balas; el librero de viejo que filosofa en su rincón bohemio de La Soledad; los bicitaxistas que pedalean la subsistencia en contravía de la ley; las rebuscadoras de la rumba con tarifas estratificadas; los vecinos y comerciantes de la calle 46 Sur que se resisten al cambio de nomenclatura y acogen la multiculturalidad capitalina.

No faltaron la loca (Estela, la de la estación de Policía de Suba), el loco de la patineta del barrio Primavera; el “ñero” que perdió a Angie Cepeda, su perra consentida; el recolector de basuras en turno de la noche que el cronista sigue como su sombra; Pedro Medina, el compositor del himno de Bogotá, que a sus 90 años sigue componiendo; la indígena del barrio Ricaurte que fue modelo del maestro Grau; la anciana bailarina que ha hecho escuela de ballet clásico en el sur; madre e hijas de un metro escaso de estatura que engrandecen el barrio de Modelia; dos vendedoras ambulantes, madre e hija, que compiten mortalmente por la clientela en la misma cuadra; los empacadores de un gran supermercado que también se disputan a la mejor clientela y hasta los gallos que se enfrentan sin saber por qué, y mueren en la arremetida de sus picos para desgracia de los galleros del Alfonso López.

Sin contar las consabidas historias del conflicto armado, estos jóvenes retratan la violencia, sutil o brutal, que tensiona la vida cotidiana de la gente común y silvestre. Pequeños o grandes dramas que no dan para titulares, pero conmocionan a los seres queridos: el chico guapo del barrio que se volvió vicioso, al que buscan desesperadamente sus familiares y amigos de El Bosque; o los cinco “ñeros” que vivían bajo el puente de la carrera séptima con 39 y una noche torrencial del último diciembre murieron ahogados sin que el hecho clasificara para noticia.

En su labor de historiadores de la vida cotidiana, los aprendices de cronistas recuperaron la memoria de tradiciones y oficios, como los habituales partidos de fútbol en canchas de barrio, que sirven de solaz a los obreros, o la antigua práctica del sobandero. Y, paradójicamente, algunos expresaron en tonos nostálgicos la pérdida de la fisonomía de sus barrios de infancia, transformados por el paso del progreso. Con el pretexto de un asesinato que ocurrió en una panadería, un joven de La Uribe, novelista inédito, narra cómo también se fue muriendo el barrio. Y una chica cuenta cómo los perjudicó el cierre del viejo puente que comunicaba su barrio San Antonio con la calle 182. Un atajo de la Bogotá rural que se perdió.

Herederos del gran cronista santafereño del siglo XIX, Cordovés Moure, hicieron sus “reminiscencias” de Bogotá, menos santa en este siglo XXI, pero con raras devociones, como la del templo de Santa Marta y mucha fe en esos párrocos que cumplen su apostolado, como el padre Mario, del barrio Girardot, que hace rifas entre los feligreses y paseos a Villeta con los niños.

Y aunque la mayoría de historias tienen como escenario barrios populosos del sur de la ciudad, en algunos relatos se visibiliza la vida en los barrios más exclusivos, como Rosales o Nogales. Una caminata ecológica por el sendero de la quebrada La Vieja, o las entrañas de un flamante edificio de El Nogal donde las anécdotas e infidencias del personal de servicio demuestran otras posibilidades del género de la crónica.

En fin, jóvenes cronistas de la mayoría de localidades de Bogotá, trazan el mapa de sus afectos, intereses y preocupaciones de jóvenes de mundos diferentes, pero con la misma sensibilidad y el mismo interés por escribir historias reales. Porque durante seis sesiones, en seis bibliotecas públicas de la ciudad y bajo la orientación de seis talleristas —también jóvenes periodistas de medios impresos—,120 asistentes de diferente procedencia, de colegios y universidades públicas y privadas, o sin escolarización, vivieron esta experiencia y conocieron la dinámica de los consejos de redacción donde se arman y desarman las historias. Compartieron lecturas y escucharon a maestros de la crónica en la Biblioteca Luis Ángel Arango. En esos talleres, 50 de ellos encontraron su tema y adquirieron las herramientas para escribir las crónicas y concluir su proceso de formación.

 


LA 46 SUR, MÁS ALLÁ DE UNA NOMENCLATURA
Por Yair Gustavo Gómez Martínez
A lo largo de esta avenida usted puede desayunar, conseguir los ingredientes para un buen almuerzo —o comprarlo hecho—planear una cita con el novio o novia, peluquearse para verse bien, apostarle un rato a la suerte, comprar un regalo, cenar, tomarse una cerveza con un amigo, curar una resaca con remedios naturales o artificiales, jugar microfútbol o baloncesto, orar y arrepentirse de todos los pecados. Hay 202 establecimientos comerciales que forman un cúmulo de colores, formas y sonidos a lado y lado de la calle, tan similar a una avenida principal de pueblo.


RIMAS COMO RÁFAGAS CERTERAS
por Mario Alejandro Aguirre T. 2
Andru ha pasado por muchos trabajos, con Misión Bogotá, reparchando calles, contestando teléfonos, y me parece curioso cómo se refiere a sí mismo a veces como en tercera persona: “ Al Andru le pasó, el Andru dice, a Andru lo distinguen…” Al Andru le salió un trabajo con el papá por allá luego del peaje, y todas las mañanas, en la misma circunvalar toma uno de los buses que lo lleva hasta el trabajo. Porque hay mucho que trabajar, porque no son uno, ni dos, ni tres, los millones que necesita, son más. Para montar el estudio de grabación que S.A. Clan requiere, es mucho el dinero que hay que conseguir: computador, consolas, micrófonos, audífonos.


CONFESIONES DE ODIO AMBULANTES
Por María Fernanda Galvis Vejarano
Cuatro, tres, dos, uno… arranca una carrera y una competencia a muerte para ganar plata y orgullo, pero en esta oportunidad no se enfrenta carros, ni motos, ni nada que se le parezca, no se lleva a cabo en un autódromo, ni en una pista profesional, y sus participantes no son expertos conductores que se ganan la vida por hobby; esto más bien ocurre en una esquina cualquiera de la Candelaria, con cochecitos de bebé improvisados para acomodar sus productos, y sus protagonistas, o más bien rivales, son madre e hija: vendedoras ambulantes.

LAS TRES TACITAS DE TÉ
Por Daniela Guzmán
Se abrió una puerta blanca de aluminio y abajo se asomó la carita de una niña de unos ocho años, tímida y sonriente. Era Christelle María, un poco despeinada, de brazos muy velludos y dos lunares en su mejilla derecha. En su cuello llevaba una cadena de oro con tres dijes: una mano empuñada negra de carey —que sirve de protección— una virgen y un corazón en oro. De pronto arrancó rápidamente en su pequeño triciclo rosado y blanco, de ruedas desgastadas, adornado con una variedad de calcomanías: desde la frase ‘Super Tricy”, con dálmatas a su alrededor, hasta las pegatinas que venían en cajas de cereales de la película de Disney, Lo que el agua se llevó .

SAN CRISTÓBAL, HACIENDO LADRILLO, HACIENDO HISTORIA, HACIENDO PUEBLO
Por Andrés Javier Bustos Ramírez
Las calles de San Cristóbal parecen un laberinto con dos perros en cada cruce. Si es de noche y está lloviendo la luz de los postes se refleja en el agua que baja por el pavimento inclinado hacia la parte plana de Bogotá haciéndola ver como un espejo gigante que hay que esquivar para no mojarse los zapatos. Si es de medio día y el cielo está despejado se ve toda la ciudad con tal claridad que a veces la vista se desborda sobre el límite occidental y se encuentra con tres nevados lejanos. Si es de madrugada, generalmente, al respirar sale un vaho de la nariz y de la boca de quienes caminan a buscar un cupo en los buses que salen llenísimos de sus paraderos. Y si es un fin de semana, las calles están llenas de muchachos jugando microfútbol o banquitas y los andenes y las tiendas están repletos de señoras y de señores tomando cerveza y escuchando rancheras.




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